
dos niños...
¿Pero cuándo te decidirás a crecer?, escuchamos contínuamente de boca de nuestros padres o compañeros. Expresiones como eres demasiado infantil o ¡A ver si asumes de una vez tus responsabilidades como adulto! son frecuentes a nuestros oídos. Experimentamos contínuamente una gran presión para que nos convirtamos en los ciudadanos que la sociedad necesita: adultos serios, realistas, sumisos, patriotas, decentes, productivos. Y eso está bien. ¿O no? ¿Qué opina nuestro amigo el bigote?
En el Así habló Zaratustra, Nietzsche habla de las tres transformaciones del espíritu: de cómo el espíritu se convierte en camello, y el camello en león, y el león, por fin en niño. Estas son las tres etapas por las que cualquier espíritu con voluntad creativa debe pasar para convertirse, finalmente, en el hombre más allá del hombre (übermensch). Pero fijaros en el último término, en la finalidad a la que todo ser libre y con voluntad de ser debe aspirar: el niño.
Inocencia es el niño, y olvido, un nuevo comienzo, un juego, una rueda que se mueve por sí misma, un primer movimiento, un santo decir sí.
¿No os parece un poco extraño? Pero claro, Nietzsche es un visionario, un poeta post-romántico, un rebelde sin causa, un excremento de la sociedad nihilista, alguien a quien todo el mundo cita pero nadie ha comprendido. Y mira que exponer tres etapas en la vida del espíritu. ¡Únicamente a un visionario como él podía habérsele ocurrido! ¿Seguro?
Siempre se ha contrapuesto a nuestro querido bigote con el cristianismo y el marxismo. Pero aún no he leído a nadie que reparase en una curiosa comparación: según el libro del Apocalipsis, también tres van a ser las etapas que llevarán a la instauración del reino de Dios en la tierra. Y no fue otro que nuestro barbudo Karl Marx el que definió la llegada del paraíso socialista como una sucesión de etapas. Tanto para cristianos como para marxistas, el nuevo hombre de sus respectivos paraísos será diferente del actual, más inocente, comenzará de nuevo con un nuevo espíritu, una nueva voluntad.
Podría aducirse que la comparación no es válida, pues mientras Nietzsche escribe para los indivíduos, Marx y Juan tratan acerca de un colectivo, pero… ¿los colectivos estan formados por indivíduos, no?
El camello, explica Nietzsche, es ese ser humano que no se pregunta, que no se rebela, que simplemente se deja llevar por la corriente de la vida. No se queja, no siente, piensa, sí, pero como se debe de pensar. Y vive encadenado, esclavo de su señor, corriendo por el desierto bajo el peso de su carga, bajo la moral que le ha impuesto la sociedad.
Pero en lo más solitario del desierto tiene lugar la segunda transformación: en león se transforma aquí el espíritu, quiere conquistar su libertad como se conquista una presa, y ser señor en su propio desierto.
Y se rebela, y empieza a sentir, y con su martillo que todo lo martillea va echando abajo todo aquello en lo que antes creía. Pero esta etapa también tiene sus peligros, puesto que una vez haya eliminado todo aquello que le oprimía, una vez haya matado a su señor, ¿qué le quedará? Si no quiere verse abocado al gran agujero del nihilismo pasivo, tiene que aprender a crear nuevas ánsias por las que vivir…
¿Quién es el gran dragón, al que el espíritu no quiere seguir llamando señor ni dios? “Tú debes” se llama el gran dragón. Pero el espíritu del león dice “yo quiero”.
Y entonces, cuando el espíritu se vuelve creativo, liberado ya de lo que antes le oprimía, aparece la figura del niño. Es libre, inocente, juega. En él no existe la maldad; no sabe lo que es…
Sí, hermanos míos, para el juego del crear se precisa un santo decir sí: el espíritu quiere ahora su voluntad, el retirado del mundo conquista ahora su mundo.
Oye, diréis. ¿Cómo puedes relacionarme ésto con un texto sagrado como el Apocalipsis de Juan? Y probablemente tendréis razón. Pero ya sabéis que a mi me gusta establecer relaciones imposibles, así que escuchad esta: la primera etapa es el esclavo, pues el pueblo de Dios está bajo el yugo de Babilonia (cualquier lugar donde no se viva de manera acorde a los principios del cristianismo), y sufre por ello; la segunda etapa es el Reino de los mil años, metáfora que significa un tiempo limitado pero mejor, puesto que el cristianismo ya es reinante pero se mantiene la lucha contra las fuerzas del Anticristo; y la tercera etapa es la Jerusalén celestial, el Paraíso en la Tierra.
¿Y Marx? ¿Cómo él, que denunció sin tregua al opio del pueblo, puede caber aquí? Pues bien, también con él empezamos en una época triste de la historia del trabajador: el mundo gobernado por la burguesía (si el país estuviera aún bajo un sistema feudal, es obligatorio que pase por esta etapa antes de la revolución del proletariado); luego, la revolución comunista, que lleva a la instauración de la dictadura del proletariado (como vemos, un punto mejor que el anterior, como pasaba con Nietzsche y san Juan, pero, como en ellos, sin salida); y finalmente el socialismo (no hay propiedad, no existe el Estado, trabajamos por amor a los demás…).
Y siempre la finalidad es ésta: llegar al tercer nivel. ¿Y qué encontramos en él? La definición nietzscheana del niño. En los tres casos lo mismo: Inocencia, y olvido, un nuevo comienzo, un juego, una rueda que se mueve por sí misma, un primer movimiento, un santo decir sí.
Si tanto Nietzsche, como Marx, como Jesús, y como quién sabe cuántos filósofos más (léase Antoine de Saint Éxupery, Hergé, Michael Ende, Aldous Huxley, ese poetastro de mala muerte y peor vida con aires de filósofo loco llamado Ignacio Terrado, y otros que no menciono) nos llaman contínuamente a convertirnos en niños (Os aseguro que si no os volvéis como niños no entraréis en el Reino de los Cielos, dice Jesús en el Evangelio de Mateo), ¿qué diablos están haciendo con nosotros, con nuestra educación?
¿O es que nos dejan soñar, cuando dicen: la vida real no es así? ¡Si no es así es porque no habéis sabido hacerla así, camellos!
¿O es que podemos luchar por un mundo diferente cuando automáticamente se nos descalifica tratándonos de jóvenes idealistas?
¿O es que podemos amarnos los unos a los otros sin normas ni complejos sin que se nos trate de inmorales?
Y serán los discípulos de Nietzsche, Marx, y Cristo, quienes os crucificarán…

Sólo otro niño